De la Democracia a la Cybercracia

BIG DATA, COMUNICACIÓN y POLÍTICA

por – José Norte –

De la Democracia a la Cybercracia

Sobre el Libro

La Era Digital está cambiando para siempre nuestro modo de vida y la forma en la que nos relacionamos con nuestro entorno. Este cambio abarca todos los órdenes y está generando nuevas formas de democracia digital a las que el autor –uno de los más importantes especialistas en Big Data– ha llamado Cybercracia. En Big Data, Comunicación y Política – De la democracia a la cybercracia, José Norte Sosa explica por qué cree que la clase política está totalmente desconectada de la realidad digital.

En un lenguaje claro y preciso describe cómo el Big Data (la captura, gestión, procesamiento y análisis masivo de datos) nos espía, nos programa, decide por nosotros a quién votar y cómo hacerlo, marca las tendencias del mercado, etc. Norte Sosa plantea que la privacidad ya no existe más y aborda el mundo de las fakenews, los trolls y los bots como parte de los sistemas que manipulan nuestro pensamiento y nuestras creencias. El fenómeno de este modelo de ser humano on-line –al que Norte Sosa denomina Homo connected– se encuentra en el centro del debate académico, pero también en el centro de la investigación estratégica del comportamiento social.

Para algunos es un desafío que tiene que ver con el propio futuro de la humanidad. Para otros es sinónimo de herramientas de manipulación, que abarcan desde el posicionamiento de una marca en el mercado hasta la desestabilización de gobiernos y la definición de elecciones.

CONTENIDO

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CAPÍTULO I

La Cybercracia y el fin de la Política

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CAPÍTULO II

Cybercracia

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CAPÍTULO III

Del Homo Politicus al Homo Connected

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CAPÍTULO IV

Los Políticos de nuestro siglo no entienden nada

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CAPÍTULO V

Big Data, Dataísmo, Cybercracia

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CAPÍTULO V

Un Espía en su Bolsillo

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CAPÍTULO VII

Fake News + Trolls + Bots = Manipulación

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CAPÍTULO VIII

Covid-19 y la Invasión a la Intimidad

De la Democracia a la Cybercracia

INTRODUCCIÓN

 

Tal vez usted no recuerde el día en el que abrió su perfil de Facebook; probablemente tampoco recuerde cuál era el modelo de computadora que utilizó para abrirlo. Facebook estuvo disponible en español hace apenas un poco más de una década, en 2008. Sin embargo, el fenómeno de las redes sociales creció a una velocidad tan vertiginosa como le permitió la tecnología. Piense cuántas veces renovó su PC desde 2008. Piense cuál fue su primer smartphone desde el cual pudo acceder a Facebook o a Twitter. Aunque ahora nos resulte extraño, en aquel momento sentíamos cierta duda en torno a mostrar nuestra intimidad. Se discutía entre amigos si era correcto o no hablar sobre nuestros estados de ánimo en una red social, subir una fotografía familiar o de nuestra salida con amigos, compartir cosas cotidianas, exponer el rostro de nuestros hijos, etc. No ocurrió hace tanto tiempo.
El siglo XXI ha hecho realidad aquella idea de aldea global, término que se le atribuye al filósofo canadiense Marshall McLuhan, quien lo utilizó por primera vez en 1968 para graficar el crecimiento exponencial de la conectividad humana a escala global generada por los medios electrónicos de comunicación. McLuhan falleció en 1980, dejando un profuso trabajo de investigación acerca de cómo los medios de comunicación influirían en los procesos sociales y la cultura contemporánea. Es famosa su frase “el medio es el mensaje”. En muchos sentidos, aun antes del advenimiento de Internet y de las redes sociales, McLuhan tuvo claro hacia dónde nos dirigíamos.
McLuhan pensaba que “somos lo que vemos” y que “formamos nuestras herramientas y luego estas nos forman”. La vigencia de estas premisas va más allá de lo que el propio McLuhan imaginó. Creía que los medios serían agentes de posibilidades antes que de conciencia y que debían ser entendidos como herramientas que extienden las habilidades humanas. Del mismo modo en que una bicicleta o un automóvil son una extensión de nuestros pies, la computadora sería una extensión de nuestro sistema nervioso central.
Ya nadie duda de que diariamente el uso de los dispositivos electrónicos y la interacción en las redes sociales modela nuestro pensamiento. Hemos creado herramientas que ahora nos forman y nos inducen a comportamientos capaces de incidir en nuestra voluntad. Vivimos en la generación de lo que venimos a definir como Homo connected, felices de haber delegado en miles de algoritmos, aplicaciones, dispositivos conectados al cuerpo humano y plataformas de comunicación mucho de lo que antes requería de un esfuerzo racional.
El fenómeno de este Homo connected se encuentra en el centro del debate académico, pero también en el centro de la investigación estratégica del comportamiento social. Para algunos es un desafío que tiene que ver con el propio futuro de la humanidad. Para otros es sinónimo de herramientas de manipulación, que abarcan desde el posicionamiento de una marca en el mercado hasta la desestabilización de gobiernos y la definición de elecciones.
Nunca antes se contó con herramientas tan precisas para analizar el comportamiento social. El análisis de las redes sociales ha debido incluir a la sociología, la antropología, la psicología social, la psicografía, las ciencias políticas y muchas otras ramas de las ciencias sociales que, como nunca antes, se ven impactadas por el resultado de los avances de las ciencias duras, plasmados en el desarrollo tecnológico.
Aquellos dilemas que nos perturbaban al principio en torno a nuestra privacidad hoy han sido derribados por una sociedad tan sofisticada en el uso de la tecnología como vulnerable en su condición de Homo connected: formamos nuestras herramientas y luego ellas nos forman.
Entender este fenómeno global requiere de un respiro, un paréntesis; apagar por un momento los dispositivos que nos mantienen online y detenernos a pensar qué está sucediendo con nosotros. Desconectarse produce vértigo. El solo pensarlo nos reconduce a un mundo que fuimos abandonando paulatinamente para construir una realidad virtual que ya forma parte de nuestra estructura psicológica. A esta simbiosis entre realidad y realidad virtual se la ha denominado realidad aumentada: se añaden capas de información visual sobre el mundo que nos rodea utilizando dispositivos simples y cotidianos, como nuestro propio teléfono móvil.
Pero, reconozcámoslo, tomarse un respiro nos es sencillo, ni siquiera para quienes somos profesionales en el campo de la comunicación digital. Todos los días, desde los campus de las universidades, desde los numerosos Silicon Valley repartidos en el planeta, desde las mismas plataformas de redes, desde las consultoras dedicadas al análisis de big data y desde la industria electrónica, cada vez más desarrollada, se vuelcan al mercado una enorme cantidad aplicaciones y dispositivos que vuelven obsoleto lo que ayer constituía la vanguardia. Casi no hay tiempo para la reflexión. Nos interesa más entender qué innovaciones trae nuestro nuevo teléfono móvil que detenernos a pensar en la porción adicional de privacidad que nos arrebatará en el mismo momento en que comencemos a utilizarlo. No hay tiempo para la reflexión. En el centro de este fenómeno queda el hombre y la frase de McLuhan: “el medio es el mensaje”.
Por esa razón es necesario este libro y muchos otros, como una invitación para tomarnos ese respiro y comprender cómo fue que nos convertimos en parte de un engranaje que ha dado lugar al mayor experimento sociológico de la historia, en el que, sin saberlo, participa como sujeto de experimentación la mayor parte de la raza humana. No debe sonarnos apocalíptico, pero la realidad indica que miles de millones de seres humanos alimentan, segundo a segundo, una gigantesca base de datos en la que innumerables científicos, técnicos y empresarios intentan encontrar el algoritmo predictivo que permita comprender la intención más íntima de cada uno de nosotros.
Para lograr esa meta la industria crea ingenios cada vez más pequeños, más dúctiles, más portables. Un smartwatch, con su led titilante en nuestra muñeca, atrapa nuestra atención cada segundo. Ya no es necesario mirar el móvil. Mientras tanto, está en camino una nueva generación de smartphones, que ya no serán una extensión portable de nuestro sistema nervioso sino un apéndice implantado. Esta tecnología que desarrolla interfaces entre el ser humano y los dispositivos implantados ya tiene nombre: biohacking. Difícil imaginar la cantidad de datos que serán capaces de recoger estos nuevos prodigios de la era digital. Solo pensemos en nuestros parámetros vitales, monitoreados segundo a segundo, descubriendo las respuestas biológicas a cada emoción, recopilando nuestra reacción a cada estímulo.
Imagine qué sucedería si ese algoritmo predictivo fuese utilizado, en un futuro, por una máquina provista de inteligencia artificial. No estamos lejos. La ciencia trabaja contra reloj, como lo ha hecho siempre, tratando de alcanzar nuevas fronteras, pero la hiperconectividad permite ahora avanzar simultáneamente en cada frente, disponiendo en tiempo real de las innovaciones en cada rama.
Nuevos minerales se convierten en recursos estratégicos porque se vuelven indispensables para la nanotecnología y las comunicaciones. La utilización de litio metálico como ánodo en baterías primarias ha tenido un crecimiento exponencial. Las pilas tipo botón, usadas en equipos miniaturizados (marcapasos, relojes, audífonos, calculadoras, etc.), crecen a ritmo frenético. Las pilas de litio entregan una cantidad de energía mucho mayor que las baterías comunes y son vitales para la fabricación de teléfonos celulares. El coltán es otro de los minerales clave para la fabricación de componentes electrónicos. Se utiliza para fabricar componentes esenciales de los móviles, smartphones y dispositivos electrónicos portátiles, cada vez más potentes y sofisticados. La actual geopolítica tiene mucho que ver con la pugna por el control de los principales yacimientos de litio y coltán del planeta. Bolivia y Chile (también la Argentina) poseen las mayores reservas de litio del mundo. El coltán se encuentra en África y en Venezuela. Algunos analistas lo denominan la maldición del Congo, pues posee el 80% de las reservas mundiales de este mineral. Saque el lector sus conclusiones.
El Homo connected demanda mayor conexión aún, y la industria alimenta la demanda, segura de que finalmente encontrará el algoritmo predictivo que cambiará la configuración psicológica del hombre. Por lo pronto, la conectividad ha puesto en jaque a la democracia tal como la hemos conocido. El flujo de datos puede ser más letal para los gobiernos de lo que antes eran los golpes militares. Las masas han dejado de ser anárquicas para volverse similares a las termitas, que actúan en batalla como si una red invisible las uniese en un solo ente. Veremos de qué modo el Homo connected está cambiando la democracia y –para bien o para mal– creando una nueva era dominada por la Cybercracia.

 

 

 

 

 

 

Capítulos

Paginas

“¿De dónde surgen estas multitudes que irrumpen en el escenario público sin un liderazgo aparente? ¿Cómo es que aún en las demo- cracias más organizadas una cada vez más numerosa cantidad de individuos reaccionan con mayor velocidad a un tuit o un mensaje de WhatsApp que al discurso modelado del político profesional?”

La interrogante planteada en este libro, que lleva el lúcido título de Cybercracia, escrito por José Joaquín Norte Sosa, nos coloca en el centro de un escenario inusitado donde empezamos a ver los rasgos de un nuevo orden político y social.

La disrupción tecnológica de la llamada cuarta revolución industrial es, sin lugar a duda, el proceso de cambio más veloz y potente en toda la historia de la humanidad. La llamada Era del Co- nocimiento o de la Información en La tercera ola, luce como una pálida descripción del mundo que realmente está naciendo.

Extrañamente, el liderazgo político en general, casi en su totali- dad, se queda atónito y sin respuestas ante fenómenos que no puede ra- cionalizar. Me imagino el rostro de los nobles franceses de 1789, cuando vieron irrumpir en las calles de París a los hombres del pueblo, pobres y harapientos, anunciando el nacimiento de un mundo en que ellos –el pueblo– serían los gobernantes. El fenómeno actual es parecido.

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